viernes, 9 de agosto de 2013

CINE | La película de la semana Monstruos guapísimos

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'Pacific Rim' es lo más jugoso que hemos visto desde lo de Afrodita A
Monstruos extraterrestres contra robots gigantes. Cuesta trabajo imaginarse algo que dé más placer. Bueno, se me ocurren un par de cosas, pero las dos requieren algún tipo de esfuerzo. Y, dado el mes, no es el momento.


Guillermo del Toro propone en 'Pacific Rim' precisamente eso: la más húmeda de las ensoñaciones para todos aquellos que se excitaron (pobrecillos) cada vez que Afrodita A (o quien estaba dentro, con perdón) gritaba aquello de "¡Pechos fuera!". ¿Cómo se permitió semejante y lúbrico derroche en horario infantil? Hablamos, para los muy despistados, de 'Mazinger Z'. Si no les suena de nada lo que acaban de leer, no me queda más que darles la enhorabuena.
Uno se sienta en su butaca y allí que aparece el menú de criaturas jurásicas de rigor enzarzadas en un extraño y apretado pasodoble con la no menos acostumbrada maquinaria pesada tipo 'Transformers'. Y, sin embargo, y a poco que se mire con atención, algo nos dice que no es lo mismo. Es más, estamos delante de su contrario. De repente, la pantalla recupera la textura híbrida, entre la imaginación y la pesadilla, de las películas que hicieron viable la propia posibilidad de soñar. El dinamismo de las criaturas, su textura, y la temperatura de esos cuerpos imposibles (se les siente respirar) acaban por reproducir el paisaje y fiebre exactos en el que nacieron los trabajos de Ray Harryhausen y los del productor Tomoyuki Tanaka.
La película, para situarnos, se imagina la invasión de la Tierra desde otra dimensión por unas extrañas criaturas cuyo único propósito es destruirlo todo. Y no hablamos de política. Ante tan crítica situación, a los hombres no les queda otra que confiar su futuro a unos robots pilotados por parejas dispuestas a darlo todo por la supervivencia de la especie. Con ideas así, quién necesita el FMI.
Del Toro prescinde de este modo de cualquier leve indicio de sentido común para entregarse a una deliciosa bacanal entre la exageración y el desenfreno; entre la pomposidad y la simple estupidez. Puro y gozoso delirio pop. Cuenta el director que en su ideario está el subvertir las reglas básicas del cine de masas: nada de actores conocidos (Idris Elba no es Brad Pitt; ni lo pretende), bastantes vísceras con tendencia a la viscosidad y una devoción por el género fantástico tan desusada y entusiasta como febril. Todo ello por no hablar de las apariciones estelares del infatigable Ron Perlman y de los inclasificables Charlie Day y Burn Gorman. Y tiene razón. O por lo menos en su mayor parte.
El director mexicano de la saga 'Hellboy', además de autor de las incómodas, intensas, líricas, arriesgadas y perturbadoras reflexiones sobre la Guerra Civil de aquí ('El laberinto del fauno', sobre todo, y 'El espinazo del diablo'), propone así la más 'bizarra', atrevida y excesiva aproximación a eso que desde tiempo sufrimos y vivimos bajo el epígrafe de 'blockbuster' de verano. Es decir, ese cine pensado para que las cosas hagan 'boom'.
Se podrá objetar que, por momentos, las esclavitudes de lo que se quiere negar (el 'blockbuster' de antes) arrastran a 'Pacific Rim' por unos diálogos ciertamente vergonzantes. Y, en efecto, así es. Hubiera sido pedir demasiado que el director no se doblegara a los imperativos de los traumas infantiles a los que parecen condenados cuanto héroe o superhéroe puebla una sala de cine. Alguno habrá que se queje de que la historia está demasiado pendiente de las pedestres reflexiones (o algo así) de sus protagonistas. Y tendrá razón.
Y pese a ello, pese a los justos lamentos, lo que se impone es la sensación cálida del reconocimiento, de la primera fiebre, del cariño por esas criaturas que habitaron tiempo atrás detrás de las puertas de los armarios. No se trata de hilvanar pesadas, profundas y, sobre todo, cargantes metáforas de los tiempos que corren a la manera de 'Monsters', de Gareth Edwards, ni de reproducir la excitación juvenil de 'Starship troopers' ni de acercarse a la ironía sin prejuicios de 'Men in black'. Aunque, la verdad, haya algo de todo ello. Al final, lo que queda es algo más básico, excitante, intangible y, por ello, tierno. Monstruosamente tierno. "Ni siquiera puedo insinuar cómo era, porque era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable". Si en algo coinciden los mejores especialistas del ramo (sean cineastas, literatos o mediopensionistas) es en la imposibilidad ontológica de describir al monstruo, de acertar siquiera con la más somera descripción del mal. Y eso, cuanto menos, infunde respeto.
La frase de arriba es de Lovecraft en 'El extraño' y, como es sello irrenunciable de toda su literatura, el escritor se limita simplemente a dejar que la imaginación trabaje. Es el lector el que, impelido por la prosa pegajosa y helada del autor de Providence, es invitado a reconstruir con sus propios miedos el aspecto de lo innombrable. Del Toro no podría estar más de acuerdo. Y otro día le pedimos a Pepe Colubi que, por favor, nos recuerde a Afrodita A y sus "¡Pechos fuera!".

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